Texto
Latidos
Rafael Lozano-Hemmer
7.2.2022
MX 17:00 hr. / UK 23:00 hr.
Dirigido a todo público por medio de la plataforma Zoom

Durante el primer embarazo de mi esposa en 2003, supe que podíamos escuchar el pulso del feto. Una máquina de ultrasonido no te permite escuchar el latido real del corazón, sino una sonificación de los datos que llegan de un transductor: la máquina funciona a través de la obtención de imágenes de los tejidos blandos mediante ecolocalización, de la misma forma que un murciélago navega su entorno. La traducción que atraviesa el latido del corazón para la detección es significativa porque cubre muchos medios sin perder importancia simbólica, emocional y médica: desde el impulso eléctrico, a la contracción muscular, a la ecolocalización, a la imagen en escala de grises y, finalmente, al sonido amplificado artificialmente que todos podemos escuchar. El hecho de que los latidos del corazón se utilicen ampliamente como representación poética de la vida y el amor se debe en parte a esta facilidad de traducción y al reconocimiento universal del sonido rítmico que escuchamos por primera vez en el útero, el corazón de nuestra madre, que luego es acompañado y reemplazado por el nuestro propio.

Pero a pesar de que podemos reconocer instantáneamente un latido cardiaco, es aún más poético el hecho de que no lo controlamos, que nuestra vida depende
de espasmos involuntarios del tejido muscular. En los años 30, el pionero fisiólogo mexicano Arturo Rosenbleuth estudió a un paciente en coma, que no tenía señales eléctricas pasando hacia o desde el cerebro al cuerpo, pero cuyo corazón seguía latiendo. A medida que se movían las extremidades del cuerpo, el pulso aumentaba para garantizar que los tejidos se oxigenen adecuadamente. ¿Cómo podría ser esto? Con el polímata estadounidense Norbert Wiener, Rosenbleuth concibió una teoría de mensajes y retroalimentación que podría explicar esta "autorregulación" del corazón. Años más tarde, Norbert Wiener publicó su postulación seminal de la teoría de la cibernética, y a pesar de su importancia fundamental en campos como la ingeniería, la sociología, la informática y la filosofía, para mí es significativo que nuestra cultura de control y automatización se origine en estudios del pulso humano.

En 2006, mi esposa estaba embarazada nuevamente, esta vez con mellizos. Pedí dos máquinas de ultrasonido para poder escuchar simultáneamente el corazón del niño y la niña. Las frecuencias cardiacas fueron similares pero no iguales. Comenzaron a desfasarse y a sincronizarse gradualmente, creando sonidos nuevos y complejos, algo que había escuchado en las obras de compositores como Steve Reich, Conlon Nancarrow y Glenn Branca. Mi trabajo con el pulso humano, empezando con Almacén de Corazonadas, fue motivado por el deseo de hacer visibles estas pequeñas diferencias, para crear experiencias inmersivas que son plataformas de participación, donde la suma de los latidos del corazón podría crear un paisaje biométrico imprevisto más allá del simbolismo o importancia médica de un solo latido cardiaco.

Con cada nueva pieza de la serie Corazonadas, trato de hacer variaciones de medios, escala y concepto, siempre consciente de la rica tradición de visualización de los signos vitales en la historia del arte. Mis trabajos más recientes se refieren a la relación entre tecnologías biométricas, control público o privado y sistemas
de identificación. El uso de las huellas digitales, por ejemplo, se remonta a 1891 cuando fue desarrollado por Juan Vucetich para la policía argentina. Hoy, miles de millones de escáneres de huellas digitales aseguran el acceso a nuestros teléfonos y nuestros países. En una época en la que vemos un aumento de los nacionalismos étnicos, dividiendo a las personas a través de categorizaciones simplistas, es crítico hacer un mal uso de estos mecanismos de control para crear paisajes anónimos y conectivos de pertenencia.